Síntomas:
Perder el hilo de la conversación -y tener que disimularlo después- por estar pensando en él.
¿Mariposas en el estómago? Más bien como una estampida de caballos desbocados.
Sonrisa boba permanente.
Ese progresivo deseo de pasar el mayor tiempo posible con él, casi imperceptible al principio y casi insoportable al final.
El continuo debate interno entre mirarlo todo el tiempo o no mirarlo para que no sospeche nada. No hay que ser tan obvia.
Aunque al final da igual, porque todo el mundo se entera.
El cliché de la primera cita: cine y cena, ¿por qué no?
El temor absurdo -pues ya sabes que el sentimiento es mutuo- de dar el primer paso, no vaya a ser que no le guste.
Una vez que lo besas por primera vez -o te besa, ya no sabes qué fue primero si el huevo o la gallina- no quieres dejar de hacerlo.
viernes, 15 de noviembre de 2013
martes, 5 de noviembre de 2013
Escenarios posibles
Le digo que lo amo, me rechaza.
Le digo que lo amo, me dice que él sólo me quiere como amiga.
Le digo que lo amo, y luego lo echo a perder.
Le digo que me gusta, yo no a él, las cosas se ponen incómodas después. Ya ni siquiera podemos ser amigos.
Le digo que me gusta, se rie.
Él me dice que me ama, pero tengo demasiado miedo de echarlo a perder y no acepto.
Él me dice que me ama y él me dice que me ama, no puedo decidir.
Él me dice que me ama, pero a mí sólo me gusta.
Él me dice que me ama, pero que prefiere que seamos amigos, pues él también tiene miedo.
Nunca tengo el valor suficiente y jamás digo nada.
Él tampoco lo tiene.
Quedamos siendo amigos, pero quizás, no era eso lo único que quería.
Mi cabeza explota.
Mi corazón explota.
Le digo que lo amo, me dice que él sólo me quiere como amiga.
Le digo que lo amo, y luego lo echo a perder.
Le digo que me gusta, yo no a él, las cosas se ponen incómodas después. Ya ni siquiera podemos ser amigos.
Le digo que me gusta, se rie.
Él me dice que me ama, pero tengo demasiado miedo de echarlo a perder y no acepto.
Él me dice que me ama y él me dice que me ama, no puedo decidir.
Él me dice que me ama, pero a mí sólo me gusta.
Él me dice que me ama, pero que prefiere que seamos amigos, pues él también tiene miedo.
Nunca tengo el valor suficiente y jamás digo nada.
Él tampoco lo tiene.
Quedamos siendo amigos, pero quizás, no era eso lo único que quería.
Mi cabeza explota.
Mi corazón explota.
domingo, 9 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
Máquinas del tiempo - Parte 2
Super 8 y videos caseros
Aquel día en casa de mis tíos mi primo sacó la caja llena de películas viejas y el proyector. Pocas cosas son tan especiales que ver a tu padre y sus hermanos cuando eran pequeños jugando en la playa, al fondo el atardecer. Es casi como si estuviera yo ahí, observándolo todo.
Diciembre del 73, navidad en casa de los abuelos. Los bailes (y la calva) del tío abuelo Chavo al recibir su regalo. Y la sonrisa de mi tío al abrir su regalo. Nuevamente me encuentro ahí, a punto de recibir mi regalo.
El proyector se rompió justo con el video del ascenso al Popo de mi padre y mis tíos, de su grupo de alpinismo. Por unos segundos estuve ahí, escalando por la ladera nevada, sintiendo el frío en mis mejillas.
Unos días después mi madre sacó varios VHS de cuando mi hermano y yo eramos pequeños. Y vuelvo a vivir entonces aquella infancia maravillosa en mi casita en el bosque. Los cuentos de papá, aunque mi hermano se apoderaba del libro y luego ya no entendía ni veía nada. Los shows de canto y baile en la sala. Las tardes en la alberca inflable cuando habían visitas. El teatro guiñol y el columpio del árbol.
Antes grababamos tantas cosas. Ahora al ser tan fácil también se hace menos. Esos recuerdos y momentos encapsulados y unos minutos y segundos. Los momentos a los que nos podemos transportar con un simple "play" o con que sirva el proyector y no se queme la película.
Aquel día en casa de mis tíos mi primo sacó la caja llena de películas viejas y el proyector. Pocas cosas son tan especiales que ver a tu padre y sus hermanos cuando eran pequeños jugando en la playa, al fondo el atardecer. Es casi como si estuviera yo ahí, observándolo todo.
Diciembre del 73, navidad en casa de los abuelos. Los bailes (y la calva) del tío abuelo Chavo al recibir su regalo. Y la sonrisa de mi tío al abrir su regalo. Nuevamente me encuentro ahí, a punto de recibir mi regalo.
El proyector se rompió justo con el video del ascenso al Popo de mi padre y mis tíos, de su grupo de alpinismo. Por unos segundos estuve ahí, escalando por la ladera nevada, sintiendo el frío en mis mejillas.
Unos días después mi madre sacó varios VHS de cuando mi hermano y yo eramos pequeños. Y vuelvo a vivir entonces aquella infancia maravillosa en mi casita en el bosque. Los cuentos de papá, aunque mi hermano se apoderaba del libro y luego ya no entendía ni veía nada. Los shows de canto y baile en la sala. Las tardes en la alberca inflable cuando habían visitas. El teatro guiñol y el columpio del árbol.
Antes grababamos tantas cosas. Ahora al ser tan fácil también se hace menos. Esos recuerdos y momentos encapsulados y unos minutos y segundos. Los momentos a los que nos podemos transportar con un simple "play" o con que sirva el proyector y no se queme la película.
sábado, 1 de junio de 2013
Máquinas del tiempo - Parte 1
Diarios
El otro día ordenando mis cajones me encontré mis diarios viejos. No terminé de ordenar mis cajones y entre el montón de cosas que había sacado de ellos me senté a leerlos.
De pronto tengo 8 años otra vez. Embarcandome en la aventura de llevar un diario. Para mí era escribir lo que hacía en el día y contar sobre todo qué había comido y visto (o leido) era lo importante. Tenía un diario pequeñito, en forma de corazón y como era una hoja por día a veces no contaba todo, ponía "eso es otra historia" (como referencia a La Historia Interminable, quizás).
Tomo otro diario y entonces ya cumplí un año más. Ese diario me lo regalaron de cumpleaños. Mis secretos más importantes eran: "amo a un niño llamado Gerardo pero nadie lo sabe solo tu y yo. Quiero volar. Tengo dos pulseras de la suerte.Un día soñe algo padre".
Tengo 10 años y lleno mi diario de recortes. Me siento muy grande lo cual me emociona y a la vez me aterra. Empiezo a notar cambios en mi cuerpo. Cada semana me gusta alguien diferente.
Tengo 11 años y me siento sola. Casi no tengo amigos en la escuela y eso me deprime. Me refugio en mi diario ("eres el único al que puedo hablarle") y la lectura. Escribo sobre mis amigos imaginarios.
Tengo 12 años, y estoy peor que nunca, pero también porque me gusta ser dramática. Quizás he leído demasiado, pero me siento una heroína incomprendida, en espera de que se me presente una aventura. Soñando todo el tiempo, en mi príncipe azul, sobre todo.
Trece años y mi vida cambia para siempre. Nueva ciudad, nueva escuela. Espero nerviosa ahora sí tener amigos. El primer día de clases conozco al querido Barón Rojo. A Coyota y Adana las conocería poco después. Al fin amigos.
Trece años otra vez (aunque en realidad eran 14, pero nadie debe saberlo). Cada vez escribo menos, pero es porque estoy enamorada. Catorce (15, en realidad) y quince (16), sólo hay un diario por año, pero ya no escribo para mí, sino para Coyota y K. a los cuales les permito leer mis diarios.
Dieciseis (más bien 17), diario compartido.
Dieciocho. Diecinueve. No más diarios.
Veinte. Estoy de viaje por Europa con mi querida amiga Coyota. Aquellas aventuras con las que soñaba cuando tenía 12 años se están cumpliendo, pero ya no necesito a un príncipe azul.
Veintiun años. Nuevamente de viaje con Coyota. Esta vez recorremos el sur. Fue el año de los dos inviernos y de un romance deverano invierno (y otro de invierno invierno). De nuevas aventuras y aprendizajes.
Y entonces regreso al presente. Nuevamente empecé un diario para así, en unos años pueda volver a viajar en el tiempo, e ir al pasado.
El otro día ordenando mis cajones me encontré mis diarios viejos. No terminé de ordenar mis cajones y entre el montón de cosas que había sacado de ellos me senté a leerlos.
De pronto tengo 8 años otra vez. Embarcandome en la aventura de llevar un diario. Para mí era escribir lo que hacía en el día y contar sobre todo qué había comido y visto (o leido) era lo importante. Tenía un diario pequeñito, en forma de corazón y como era una hoja por día a veces no contaba todo, ponía "eso es otra historia" (como referencia a La Historia Interminable, quizás).
Tomo otro diario y entonces ya cumplí un año más. Ese diario me lo regalaron de cumpleaños. Mis secretos más importantes eran: "amo a un niño llamado Gerardo pero nadie lo sabe solo tu y yo. Quiero volar. Tengo dos pulseras de la suerte.
Tengo 10 años y lleno mi diario de recortes. Me siento muy grande lo cual me emociona y a la vez me aterra. Empiezo a notar cambios en mi cuerpo. Cada semana me gusta alguien diferente.
Tengo 11 años y me siento sola. Casi no tengo amigos en la escuela y eso me deprime. Me refugio en mi diario ("eres el único al que puedo hablarle") y la lectura. Escribo sobre mis amigos imaginarios.
Tengo 12 años, y estoy peor que nunca, pero también porque me gusta ser dramática. Quizás he leído demasiado, pero me siento una heroína incomprendida, en espera de que se me presente una aventura. Soñando todo el tiempo, en mi príncipe azul, sobre todo.
Trece años y mi vida cambia para siempre. Nueva ciudad, nueva escuela. Espero nerviosa ahora sí tener amigos. El primer día de clases conozco al querido Barón Rojo. A Coyota y Adana las conocería poco después. Al fin amigos.
Trece años otra vez (aunque en realidad eran 14, pero nadie debe saberlo). Cada vez escribo menos, pero es porque estoy enamorada. Catorce (15, en realidad) y quince (16), sólo hay un diario por año, pero ya no escribo para mí, sino para Coyota y K. a los cuales les permito leer mis diarios.
Dieciseis (más bien 17), diario compartido.
Dieciocho. Diecinueve. No más diarios.
Veinte. Estoy de viaje por Europa con mi querida amiga Coyota. Aquellas aventuras con las que soñaba cuando tenía 12 años se están cumpliendo, pero ya no necesito a un príncipe azul.
Veintiun años. Nuevamente de viaje con Coyota. Esta vez recorremos el sur. Fue el año de los dos inviernos y de un romance de
Y entonces regreso al presente. Nuevamente empecé un diario para así, en unos años pueda volver a viajar en el tiempo, e ir al pasado.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Otro día.
Y Leyendo Cosas anteriores me inspiro. Me inspiro y siento caliente el cuerpo. Les agradezco a ustedes amigas por formarme y por ser parte de mi. Las quiero. Las extraño.
Le hablo a la inspiración ahora. no la inspiración que hace que den ganas de escribir sino a la inspiración que me hace, o que me haría crear historias. Les llamo a las historias, las invoco, les suplico que lleguen, que me permitan crear.
También le llamo a las fuerzas, y a las ganas, y a las energías, esas que hacen que unos salgan adelante y otros no. Porque que miedo da pensar que todo podría seguir igual, da miedo sentir que podríamos no cambiar nada, Da miedo no tomar las decisiones correctas, da miedo que de miedo porque igual y no hay por qué tenerlo. Por eso, pienso y medito. ¿Será presión mía hacia mi misma? ¿O será falta de ella? Muchas cosas salen de la boca para afuera. Pero ¿Quienes son los que llegan lejos? ¿Qué es llegar lejos? ¿Es importante? Siempre escribo con torbellinos en la cabeza y ya pasada de la media noche. Pero de verdad, ya las extrañaba.
Adana.
Le hablo a la inspiración ahora. no la inspiración que hace que den ganas de escribir sino a la inspiración que me hace, o que me haría crear historias. Les llamo a las historias, las invoco, les suplico que lleguen, que me permitan crear.
También le llamo a las fuerzas, y a las ganas, y a las energías, esas que hacen que unos salgan adelante y otros no. Porque que miedo da pensar que todo podría seguir igual, da miedo sentir que podríamos no cambiar nada, Da miedo no tomar las decisiones correctas, da miedo que de miedo porque igual y no hay por qué tenerlo. Por eso, pienso y medito. ¿Será presión mía hacia mi misma? ¿O será falta de ella? Muchas cosas salen de la boca para afuera. Pero ¿Quienes son los que llegan lejos? ¿Qué es llegar lejos? ¿Es importante? Siempre escribo con torbellinos en la cabeza y ya pasada de la media noche. Pero de verdad, ya las extrañaba.
Adana.
sábado, 11 de mayo de 2013
Memorias del este para Cynara
"Me detengo frente a unas escaleras de piedra que suben la ciudad a los hombros del cerro.
Dubrovnik parece solemne con sus murallas golpeadas por el mar y por casi todo, con sus heridas mal parchadas, con su arquitectura de hace tiempo y de ahora...Sin embargo, estoy convencida de que esta ciudad está llena de callejones pícaros, traviesos. Las escaleras que me miran ahora son justo así. Se burlan poquito mientras se tuercen y se elevan porque tengo que seguirlas, aunque sea con la vista o con la nostalgia de ser niña.
Entonces, empieza. Veo caer desde el escalón superior un agua veloz y oscura que se dirige hacia mí con una fuerza increíble. Va a alcanzarme en unos segundos. No puedo protegerme ya. Justo en el instante en que debería golpearme y ahogarme irremediablemente, pasa de largo, se vuelve un pequeño río a mis pies que continúa su camino sin prestarme atención.
Miro hacia arriba, confundida. Llueve. Las calles de la ciudad se llenan de riachuelos silenciosos.
Sé que es por eso. Sé que es esa lluvia la que, a pesar de la amargura y el dolor, mantiene limpio el rostro infantil de Dubrovnik."
5 de abril del 2012
"En los días subsecuentes descubrí que parte importante del carácter travieso de Dubrovnik está en sus gatos. Los hay de todos los colores, sarnosos o saludables, huraños o amistosos. Están en todas partes.
Hoy fui a Montenegro y me pareció gracioso que el primer lugar donde nos detuvimos después de cruzar la frontera estuviera, en cambio, lleno de perros. La historia de la humanidad es tragicómica."
8 de abril del 2012
Dubrovnik parece solemne con sus murallas golpeadas por el mar y por casi todo, con sus heridas mal parchadas, con su arquitectura de hace tiempo y de ahora...Sin embargo, estoy convencida de que esta ciudad está llena de callejones pícaros, traviesos. Las escaleras que me miran ahora son justo así. Se burlan poquito mientras se tuercen y se elevan porque tengo que seguirlas, aunque sea con la vista o con la nostalgia de ser niña.
Entonces, empieza. Veo caer desde el escalón superior un agua veloz y oscura que se dirige hacia mí con una fuerza increíble. Va a alcanzarme en unos segundos. No puedo protegerme ya. Justo en el instante en que debería golpearme y ahogarme irremediablemente, pasa de largo, se vuelve un pequeño río a mis pies que continúa su camino sin prestarme atención.
Miro hacia arriba, confundida. Llueve. Las calles de la ciudad se llenan de riachuelos silenciosos.
Sé que es por eso. Sé que es esa lluvia la que, a pesar de la amargura y el dolor, mantiene limpio el rostro infantil de Dubrovnik."
5 de abril del 2012
"En los días subsecuentes descubrí que parte importante del carácter travieso de Dubrovnik está en sus gatos. Los hay de todos los colores, sarnosos o saludables, huraños o amistosos. Están en todas partes.
Hoy fui a Montenegro y me pareció gracioso que el primer lugar donde nos detuvimos después de cruzar la frontera estuviera, en cambio, lleno de perros. La historia de la humanidad es tragicómica."
8 de abril del 2012
sábado, 4 de mayo de 2013
Columpios
Un columpio es un enigma colgante. Nos pregunta por un
tiempo viejo en el cual subir y bajar significaban más o menos lo mismo. Un
tiempo que olía a metal y sudor. Un tiempo marcado por el rechinar de cadenas
mal engrasadas.
El enigma insiste para mí. Me acerco y me aferro a los
eslabones. Mi cuerpo es distinto de la última vez que traté de colocarlo ahí,
pero el juego todavía me acepta. Comienzo a moverme y me pregunto cuándo
aprendí a hacer esto, quién me enseñó. Me estiro para llegar arriba y la adrenalina
me alcanza las puntas de los pies. Más arriba porque hay algo allá, hay algo en
la línea imaginaria que todos trazamos, hay algo que quiero alcanzar desde que
era niño y veía el mundo moverse a velocidades extrañas; hay algo que quiero
alcanzar desde que soy niño otra vez y lo intento, adelante, atrás, adelante,
atrás. Otros pies siguen de pronto, por un instante, el ritmo de los míos. Sé
que buscan lo mismo. Sé que buscamos todos lo mismo: llegar hasta arriba,
romper el columpio. Y de pronto ahí está. Mis piernas se tensan y aguanto la
respiración: pasé allá, al otro lado. Las cadenas rebotan, bajo, vuelvo a
subir, de nuevo, de nuevo, no importa esa línea imaginaria porque ya no la
estoy viendo ya no está aquí ya la pasé ya qué importa ya no hay líneas por
este instante ya no hay líneas, tal vez luego el suelo y los pasos firmes pero
por ahora no hay nada más que la euforia arriba otra vez arriba siempre. Bajo
el ritmo. Me muevo suavemente, sin esfuerzo ya, tal vez es cierto y todo es
posible.
jueves, 14 de marzo de 2013
Fortuito
Primero fue una palabra. Luego dos o tres. Poco a poco, el
hablar del hombre fue volviéndose diáfano y ella empezó a seguir sus frases.
El hombre –que se llamaba Saša, perdone la descortesía, usted cómo se llama– había estado tres
meses en Marruecos atorado por la guerra. Descubrió en sus vagabundeos que allá
eran las serpientes las que encantaban a los encantadores de serpientes para
que pensaran que encantaban serpientes. Paseó junto a elefantes y sobre ellos,
y aprendió que hablaban un idioma parecido al bengalí en donde existían quince
géneros pero sólo tres verbos: moverse, estarse quieto, y meditar. Salió de los
suburbios una noche en que no podía dormir, y al doblar en una esquina se
encontró cara a cara con el desierto. Las dunas lo absorbieron durante tres
días y sus noches. Finalmente, fue guiado por una parvada de palomas saharianas
al oasis donde, doce horas más tarde, lo encontró una caravana de camellos. El
guía aceptó desviarse de su misión –transportar la biblioteca completa de Abu
Hamid Muhammad al-Ghazali de Agadir a Batma– para llevarlo a Ghat, donde se
enteró del fin de la guerra y decidió volver a casa en el primer barco de la
tarde.
El hombre –que se había sentado junto a ella en el café en
la esquina de la calle Corrientes y 9 de Julio, sin pedir permiso ni preguntar
nada– descubrió cuando el barco ya estaba demasiado lejos de la costa que uno de
los libros de la caravana se había colado misteriosamente en su maleta. Se
quedó despierto hasta la madrugada mirándolo, y cuando apenas había logrado
deducir con su hebreo rudimentario que el libro trataba sobre el arte de la
comedia, sintió cómo un terrible temblor sacudía toda la embarcación y corrió a
cubierta. En el momento exacto en que salió, se derrumbaba uno de los mástiles principales, que lo
golpeó y lo catapultó fuera del barco. Quedó atrapado entre dos maderos
flotantes y tuvo que contemplar, sin poder hacer nada, cómo se hundía la
embarcación con todos sus compañeros dentro.
El hombre –que, a ella le había parecido al principio,
hablaba una lengua muy extraña, y ahora comprendía perfectamente– nunca supo
cuál fue la causa del naufragio. Tampoco supo cómo, cuando se abandonó a su
suerte entre aquellos maderos, el mar o alguna deidad de las tantas que conoció
en sus trayectos lo llevó hasta la costa de una tierra salvaje. Ahí encontró un
joven aventurero belga, un rabino, un gato parlante y un imam a quienes
acompañó en su camino al sur con la esperanza de toparse con algún barco que
pudiera llevarlo a casa.
El hombre –a quien ella escuchaba lanzar las palabras con
prisa como si tuviera la necesidad de arrojarlas pronto lejos de sí– se había
arrepentido de sus intenciones justo
antes de tomar el barco que lo llevaría hacia el norte (¿quién lo esperaba en
casa, de todas formas?). Se metió de polizón en un buque que buscaba traficar
esclavos negros del sur de África hasta Cuba. Esta vez, el viaje transcurrió
sin muchas cosas dignas de mencionarse (excepto porque una vez en tierra había,
obviamente, liberado a todos los esclavos, levantado en armas un pequeño pueblo
y sembrado en él la semilla imborrable de la revolución). Desde ahí había sido
fácil, bordeando la costa, llegar hasta Argentina. Y ahora se encontraba con
ella en un pequeño café de la calle Corrientes.
El hombre –cuyas palabras ella, de pronto, entendía menos y
menos– le explicó que esperaba llegar hasta la Tierra de Fuego. Tal vez una
carreta lo llevaría a través de la pampa, ¿conocía ella algún gaucho que se
dispusiera a emprender el viaje?
Para cuando se despidieron emotivamente, ella ya no podía
comprender lo que él decía. El hombre le dejó un abrazo más largo de lo normal
y dinero para los dos cafés, y salió del establecimiento.
Ella se quedó unos minutos, mirando a los meseros y a los
demás clientes. Más tarde, en camino a la parada del autobús, cambió de idea y
decidió mejor ir a pie. Para los inviernos a los que estaba acostumbrada, no
hacía casi frío, y además quería ver las cosas un poco. Siempre caminaba por
Corrientes sin observar nada. Tal vez también sería buena idea ocupar más su
tiempo. Tomar clases de inglés. Leer un libro de navegación. Preguntar en el
puerto. Dejar el trabajo para armar un plan cuidadoso, embarcarse y buscar al pueblo
liberado, al aventurero belga, al rabino, al gato, al imam, a la caravana, a las
serpientes.
O no. Quién sabe.
jueves, 21 de febrero de 2013
Hace dos días
Aunque no me considero especialmente curiosa, de vez en cuando me llego a preguntar ciertas cosas. Por ejemplo el otro día, mientras leía en el jardín, de la nada me pasó rozando un globo con helio. Era un lindo globo blanco con un listón azul.
Y entonces empecé a imaginarme de dónde venía. Estaba ya por mi tercera historia cuando un viento fuerte me arrebató al globo de mis manos. Una angustia enorme me invadió, ¿a dónde iba a parar mi -porque ya lo consideraba mío- globo?
Decidí entonces seguirlo. Dejé mi libro a un lado y con gran prisa me levanté y corrí para alcanzarlo.
A ratos me costaba seguir el paso, hubo un momento en el que lo perdí de vista, y entonces quise echarme a llorar, pero entonces lo veía y continuaba con mi persecución. Corrí detrás de él durante todo el día, y cuando anocheció, pese a mi cansancio, continué siguiéndolo. ¿A dónde va a parar mi globo? No sé de dónde viene, pero debo de saber a dónde va. ¿Se elevará tan lejos que terminará en el espacio? (lo cual sería terrible, porque no sabría si terminó en Júpiter o en Plutón, o en una luna o un agujero negro) ¿Se le acabará el aire y caería al piso sin vida? ¿Llegaría al mar? (que esperaba que no, porque me preocupaban las tortugas).
Y empezó a decender, (por suerte, porque llevaba dos días siguiéndolo y ya moría de hambre) y a decender aún más. Y justo cuando llegó a mí, nuevamente, me encontré enfrente de mi casa, leyendo, hace dos días.
------------------------------------------------------------------------------------------
Este cuento es para tí, querida Coyota, que te haces hoy un año más sabia y más hermosa.
Te quiero.
Y entonces empecé a imaginarme de dónde venía. Estaba ya por mi tercera historia cuando un viento fuerte me arrebató al globo de mis manos. Una angustia enorme me invadió, ¿a dónde iba a parar mi -porque ya lo consideraba mío- globo?
Decidí entonces seguirlo. Dejé mi libro a un lado y con gran prisa me levanté y corrí para alcanzarlo.
A ratos me costaba seguir el paso, hubo un momento en el que lo perdí de vista, y entonces quise echarme a llorar, pero entonces lo veía y continuaba con mi persecución. Corrí detrás de él durante todo el día, y cuando anocheció, pese a mi cansancio, continué siguiéndolo. ¿A dónde va a parar mi globo? No sé de dónde viene, pero debo de saber a dónde va. ¿Se elevará tan lejos que terminará en el espacio? (lo cual sería terrible, porque no sabría si terminó en Júpiter o en Plutón, o en una luna o un agujero negro) ¿Se le acabará el aire y caería al piso sin vida? ¿Llegaría al mar? (que esperaba que no, porque me preocupaban las tortugas).
Y empezó a decender, (por suerte, porque llevaba dos días siguiéndolo y ya moría de hambre) y a decender aún más. Y justo cuando llegó a mí, nuevamente, me encontré enfrente de mi casa, leyendo, hace dos días.
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Este cuento es para tí, querida Coyota, que te haces hoy un año más sabia y más hermosa.
Te quiero.
sábado, 9 de febrero de 2013
Luciérnaga
Es una luciérnaga. Revolotea contra los bordes del día.
Sé que es una luciérnaga porque quiere salir de la luz y se
estrella. Por eso sé, aunque no brilla.
Es una luciérnaga y la ausencia de un foco y un reloj
tic-tac.
La mato, pero no sirve de nada.
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