Primero fue una palabra. Luego dos o tres. Poco a poco, el
hablar del hombre fue volviéndose diáfano y ella empezó a seguir sus frases.
El hombre –que se llamaba Saša, perdone la descortesía, usted cómo se llama– había estado tres
meses en Marruecos atorado por la guerra. Descubrió en sus vagabundeos que allá
eran las serpientes las que encantaban a los encantadores de serpientes para
que pensaran que encantaban serpientes. Paseó junto a elefantes y sobre ellos,
y aprendió que hablaban un idioma parecido al bengalí en donde existían quince
géneros pero sólo tres verbos: moverse, estarse quieto, y meditar. Salió de los
suburbios una noche en que no podía dormir, y al doblar en una esquina se
encontró cara a cara con el desierto. Las dunas lo absorbieron durante tres
días y sus noches. Finalmente, fue guiado por una parvada de palomas saharianas
al oasis donde, doce horas más tarde, lo encontró una caravana de camellos. El
guía aceptó desviarse de su misión –transportar la biblioteca completa de Abu
Hamid Muhammad al-Ghazali de Agadir a Batma– para llevarlo a Ghat, donde se
enteró del fin de la guerra y decidió volver a casa en el primer barco de la
tarde.
El hombre –que se había sentado junto a ella en el café en
la esquina de la calle Corrientes y 9 de Julio, sin pedir permiso ni preguntar
nada– descubrió cuando el barco ya estaba demasiado lejos de la costa que uno de
los libros de la caravana se había colado misteriosamente en su maleta. Se
quedó despierto hasta la madrugada mirándolo, y cuando apenas había logrado
deducir con su hebreo rudimentario que el libro trataba sobre el arte de la
comedia, sintió cómo un terrible temblor sacudía toda la embarcación y corrió a
cubierta. En el momento exacto en que salió, se derrumbaba uno de los mástiles principales, que lo
golpeó y lo catapultó fuera del barco. Quedó atrapado entre dos maderos
flotantes y tuvo que contemplar, sin poder hacer nada, cómo se hundía la
embarcación con todos sus compañeros dentro.
El hombre –que, a ella le había parecido al principio,
hablaba una lengua muy extraña, y ahora comprendía perfectamente– nunca supo
cuál fue la causa del naufragio. Tampoco supo cómo, cuando se abandonó a su
suerte entre aquellos maderos, el mar o alguna deidad de las tantas que conoció
en sus trayectos lo llevó hasta la costa de una tierra salvaje. Ahí encontró un
joven aventurero belga, un rabino, un gato parlante y un imam a quienes
acompañó en su camino al sur con la esperanza de toparse con algún barco que
pudiera llevarlo a casa.
El hombre –a quien ella escuchaba lanzar las palabras con
prisa como si tuviera la necesidad de arrojarlas pronto lejos de sí– se había
arrepentido de sus intenciones justo
antes de tomar el barco que lo llevaría hacia el norte (¿quién lo esperaba en
casa, de todas formas?). Se metió de polizón en un buque que buscaba traficar
esclavos negros del sur de África hasta Cuba. Esta vez, el viaje transcurrió
sin muchas cosas dignas de mencionarse (excepto porque una vez en tierra había,
obviamente, liberado a todos los esclavos, levantado en armas un pequeño pueblo
y sembrado en él la semilla imborrable de la revolución). Desde ahí había sido
fácil, bordeando la costa, llegar hasta Argentina. Y ahora se encontraba con
ella en un pequeño café de la calle Corrientes.
El hombre –cuyas palabras ella, de pronto, entendía menos y
menos– le explicó que esperaba llegar hasta la Tierra de Fuego. Tal vez una
carreta lo llevaría a través de la pampa, ¿conocía ella algún gaucho que se
dispusiera a emprender el viaje?
Para cuando se despidieron emotivamente, ella ya no podía
comprender lo que él decía. El hombre le dejó un abrazo más largo de lo normal
y dinero para los dos cafés, y salió del establecimiento.
Ella se quedó unos minutos, mirando a los meseros y a los
demás clientes. Más tarde, en camino a la parada del autobús, cambió de idea y
decidió mejor ir a pie. Para los inviernos a los que estaba acostumbrada, no
hacía casi frío, y además quería ver las cosas un poco. Siempre caminaba por
Corrientes sin observar nada. Tal vez también sería buena idea ocupar más su
tiempo. Tomar clases de inglés. Leer un libro de navegación. Preguntar en el
puerto. Dejar el trabajo para armar un plan cuidadoso, embarcarse y buscar al pueblo
liberado, al aventurero belga, al rabino, al gato, al imam, a la caravana, a las
serpientes.
O no. Quién sabe.
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