sábado, 4 de mayo de 2013

Columpios


Un columpio es un enigma colgante. Nos pregunta por un tiempo viejo en el cual subir y bajar significaban más o menos lo mismo. Un tiempo que olía a metal y sudor. Un tiempo marcado por el rechinar de cadenas mal engrasadas.
El enigma insiste para mí. Me acerco y me aferro a los eslabones. Mi cuerpo es distinto de la última vez que traté de colocarlo ahí, pero el juego todavía me acepta. Comienzo a moverme y me pregunto cuándo aprendí a hacer esto, quién me enseñó. Me estiro para llegar arriba y la adrenalina me alcanza las puntas de los pies. Más arriba porque hay algo allá, hay algo en la línea imaginaria que todos trazamos, hay algo que quiero alcanzar desde que era niño y veía el mundo moverse a velocidades extrañas; hay algo que quiero alcanzar desde que soy niño otra vez y lo intento, adelante, atrás, adelante, atrás. Otros pies siguen de pronto, por un instante, el ritmo de los míos. Sé que buscan lo mismo. Sé que buscamos todos lo mismo: llegar hasta arriba, romper el columpio. Y de pronto ahí está. Mis piernas se tensan y aguanto la respiración: pasé allá, al otro lado. Las cadenas rebotan, bajo, vuelvo a subir, de nuevo, de nuevo, no importa esa línea imaginaria porque ya no la estoy viendo ya no está aquí ya la pasé ya qué importa ya no hay líneas por este instante ya no hay líneas, tal vez luego el suelo y los pasos firmes pero por ahora no hay nada más que la euforia arriba otra vez arriba siempre. Bajo el ritmo. Me muevo suavemente, sin esfuerzo ya, tal vez es cierto y todo es posible. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario