Un columpio es un enigma colgante. Nos pregunta por un
tiempo viejo en el cual subir y bajar significaban más o menos lo mismo. Un
tiempo que olía a metal y sudor. Un tiempo marcado por el rechinar de cadenas
mal engrasadas.
El enigma insiste para mí. Me acerco y me aferro a los
eslabones. Mi cuerpo es distinto de la última vez que traté de colocarlo ahí,
pero el juego todavía me acepta. Comienzo a moverme y me pregunto cuándo
aprendí a hacer esto, quién me enseñó. Me estiro para llegar arriba y la adrenalina
me alcanza las puntas de los pies. Más arriba porque hay algo allá, hay algo en
la línea imaginaria que todos trazamos, hay algo que quiero alcanzar desde que
era niño y veía el mundo moverse a velocidades extrañas; hay algo que quiero
alcanzar desde que soy niño otra vez y lo intento, adelante, atrás, adelante,
atrás. Otros pies siguen de pronto, por un instante, el ritmo de los míos. Sé
que buscan lo mismo. Sé que buscamos todos lo mismo: llegar hasta arriba,
romper el columpio. Y de pronto ahí está. Mis piernas se tensan y aguanto la
respiración: pasé allá, al otro lado. Las cadenas rebotan, bajo, vuelvo a
subir, de nuevo, de nuevo, no importa esa línea imaginaria porque ya no la
estoy viendo ya no está aquí ya la pasé ya qué importa ya no hay líneas por
este instante ya no hay líneas, tal vez luego el suelo y los pasos firmes pero
por ahora no hay nada más que la euforia arriba otra vez arriba siempre. Bajo
el ritmo. Me muevo suavemente, sin esfuerzo ya, tal vez es cierto y todo es
posible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario