Eliott está sentado en mis piernas. Esperamos. No me preocupa: es un niño paciente. En las sillas al frente de nosotros hay una señora, y junto a ella, una niña.
El chiquito me comenta que es su compañera en la escuela. Al verlo, ella lo saluda con una sonrisa enorme.
Entonces sucede algo mágico. Sin moverse un solo centímetro hacia adelante,hacía la cercanía, los dos niños comienzan a hacerse gestos, a reír y a mirarse. El intercambio dura varios minutos, en los cuales se tapan los ojos, se sacan la lengua, agitan las manos, mueven la cabeza, y sobretodo se mueren de risa después de cada cosa.
Yo los observo y algo sucede dentro de mí. Sé que un jarrón se ha roto y hay agua en el piso.
Fui esa niña alguna vez, estoy segura de ello. Yo viví también algo así, y lo había olvidado. No hay imagen, no hay anécdota que lo respalde, pero lo sé. Ver a los pequeños tuvo un impacto en mí que sólo tienen los recuerdos de la infancia.
Hubo un día perdido en el tiempo, también, en el que la verdadera sorpresa era que existiera el otro y que hubiera una posibilidad de rozar su mundo con la punta de los dedos. Hubo un día perdido en el tiempo en donde descubrimos, cada uno de nosotros, el inicio de la comunicación. Y esa forma de contacto es olvidada con los años, dejando paso a la costumbre; pero jamás deberíamos de olvidar (y esto es para mí una promesa) el inicio: el maravillarse.
Se preguntarán por qué hablo de cosas tan simples, mundanas y egoístas como los recuerdos de la infancia después de el 6 de cada 10 de Adana: es simple. Frente a un tal horror y un tal dolor, tenemos una opción: con una mano, pelear contra el mundo, y con la otra, agarrarnos de cosas como esta.
Con la secundaria a flor de piel, y descubriendo que es la misma cursi de siempre,
Coyota
Te leo y entiendo por qué te gustó Nieve. Justo estoy leyendolo.
ResponderEliminarVioleta.