
La Máquina
Y todo había empezado porque éramos muy niños; y nuestra ciudad, demasiado pequeña.
Alguno de nosotros dejó transparentarse en palabras tranquilas sus sueños de grandes hazañas. Después, otro siguió el hilo… Se nos ocurrió construir una Máquina. No teníamos idea de cómo lograrlo. Burlándonos los unos de los otros, leyendo manuales, golpeando partes y pegando otras, logramos algo más o menos decente. Al menos, tenía un volante y cabíamos todos dentro.
Un día, sin decirle a nadie, nos fuimos a la carretera con lo que llevábamos en los bolsillos.
Como ya dije, éramos demasiado jóvenes: no teníamos idea de lo que nos esperaba. Fue difícil. El viaje más difícil de mi vida. Muchos se bajaron a la mitad del camino, volvieron a casa o a las vías solitarias.
Múltiples veces nos herimos a muerte. Recuerdo gritos, suaves amenazas, sombras lejos de la fogata mirando lo inmirable. Dormíamos poco (¿para qué dormir?), comíamos lo que se nos pusiera en el camino, estábamos siempre apretados, incómodos.
Pero nunca lo olvidaré. Había momentos en los cuales nos reíamos hasta que nos dolía el estómago y nos punzaba la cabeza, que lográbamos jugar los juegos de nuestra infancia sin ninguna mirada juzgona sobre nosotros. Bailamos sin saber bailar, cantamos sin saber cantar, platicamos hasta el amanecer sobre el techo de la Máquina. Todos llegamos a escuchar la verdad de algún otro en un susurro o en un silencio: hubo miradas, abrazos; algunos amoríos –y amores–, ciertas rupturas y simples separaciones.
Digan lo que digan, esta travesía es el único tatuaje de mi piel. No tener casa fue nuestro hogar, no tener padres fue nuestro amor familiar.
Y claro, al final volvimos. No se puede pasar la vida en los caminos. Nos construimos una morada fija, una comida equilibrada, un trabajo decente –o indecente–. El vínculo del viaje nos hizo vernos varias veces, tiempo después; pero, lentamente, nos fuimos separando.
¿Y la Máquina? Pasó de mano en mano, según quién la necesitara. La última fui yo.
Pasé muchas noches dentro de ella. Me gustaba y me dolía ver lo que habíamos escrito en su interior, pasar la mano por la historia que contaba cada mancha y cada tela rasgada. Sin embargo, terminé por convencerme a mí misma de que este vehículo ya no serviría más, de que era una chatarra inútil; y fui a abandonarla en un basurero. Pasaron los días, las semanas, y luego los meses.
De pronto me di cuenta de que estaba inquieta. Sentía algo extraño. Todo el tiempo me dolía el estómago, me mareaba, me perdía en mis pensamientos y éstos eran lúgubres.
Una noche, no pude dormir. Desesperada, decidí salir a pasear. A los pocos minutos tuve ganas de regresar –hacía frío– pero mis pies no me lo permitieron. Caminé trastabillando y temblando hasta la Máquina arrumbada en un pútrido rincón de la ciudad.
No fui la primera en llegar, tampoco la última. Cuando salté la valla del basurero, encontré las chispas de un par de pipas que me esperaban ya.
Fuimos llegando todos. Nadie habló. Nos sentamos cada uno al lado de otro. Salidos de quién sabe dónde, empezaron a pasar de mano en mano algunas cervezas y unos chocolates. Las notas de la guitarra, que fue cambiando de intérprete, y la voz ronca cantando no hicieron más que enmarcar el silencio.
Alguien pensó en prender en una fogata, y a su luz, cuando tuve el valor de levantar la mirada, pude ver todos nuestros ojos brillando y temblando como fuegos fatuos en la oscuridad. Supimos que tendríamos, para siempre, un lugar a donde volver.
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