Todas las niñas de mi salón le rodeaban como moscas. Se peleaban por él. "El príncipe me quiere a mí como novia", "pues a mi me dio un beso ayer", "Príncipe, ¿a quién prefieres?" Prefería ignorarlo, no fuera a ser que se le subiera, de por sí ya era algo arrogante, no demasiado, orgulloso y altivo, como príncipe, vaya. ¡Era tan molesto!
En esos momentos le repudiaba, lo miraba y entonces veía que no era perfecto: su nariz demasiado recta, sus cejas demasiado espesas y sus ojos demasiado negros. Lo odiaba, un poco, por eso. ¿Por qué no les decía? ¿Por qué no se las quitaba de encima y les aclaraba que sólo me quería a mí? Porque no era así, y eso me rompía.
Pero estaban esos momentos en que era sólo para mí. Durante las explicaciones del maestro me dedicaba a observarle: sus manos grandes y perfectas, que hacían cosas tan perfectas, tan alto. A veces le descubría mirandome, pero eso significaba que el me descubría mirandole a él. ¿A caso lo sabía?
Ese día estaba especialmente enojada con él. Pero aún así no podía evitar mirarlo. Me descubrió dos veces, pero yo a él tres. En el descanso me quedé en el salón a terminar el trabajo y él se quedó también ¿Lo habrá hecho para estar solo conmigo? Me la pasé molestandolo, poniendo mis papeles sobre los suyos, estorbandole, quería molestarlo tanto como él me molestaba a mí. Recuerdo que me preguntó por qué lo miraba tanto, y yo le dije enojada que él era el que me miraba. Entonces me lo confesó, me dijo que se iba. "¿A dónde?" No me quiso decir, pues lo estaba molestando mucho y temía que me burlara. Lo convencí. "Me voy a trabajar de guardabosques" ¡Hasta en eso perfecto! ¡Tan molesto!
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