domingo, 4 de septiembre de 2011

Príncipe

Le llamaban príncipe, yo no, me molestaba. Sin embargo, ese sobre nombre le quedaba mejor que cualquier otro. Era perfecto: el mejor dibujando, los mejores trabajos, la letra más hermosa que haya leído jamás (antigua, como los príncipes de antes, o de niña, decía él), sabía de todo. También sus manos eran perfectas, era alto, apuesto.

Todas las niñas de mi salón le rodeaban como moscas. Se peleaban por él. "El príncipe me quiere a mí como novia", "pues a mi me dio un beso ayer", "Príncipe, ¿a quién prefieres?" Prefería ignorarlo, no fuera a ser que se le subiera, de por sí ya era algo arrogante, no demasiado, orgulloso y altivo, como príncipe, vaya. ¡Era tan molesto!

En esos momentos le repudiaba, lo miraba y entonces veía que no era perfecto: su nariz demasiado recta, sus cejas demasiado espesas y sus ojos demasiado negros. Lo odiaba, un poco, por eso. ¿Por qué no les decía? ¿Por qué no se las quitaba de encima y les aclaraba que sólo me quería a mí? Porque no era así, y eso me rompía.

Pero estaban esos momentos en que era sólo para mí. Durante las explicaciones del maestro me dedicaba a observarle: sus manos grandes y perfectas, que hacían cosas tan perfectas, tan alto. A veces le descubría mirandome, pero eso significaba que el me descubría mirandole a él. ¿A caso lo sabía?

Ese día estaba especialmente enojada con él. Pero aún así no podía evitar mirarlo. Me descubrió dos veces, pero yo a él tres. En el descanso me quedé en el salón a terminar el trabajo y él se quedó también ¿Lo habrá hecho para estar solo conmigo? Me la pasé molestandolo, poniendo mis papeles sobre los suyos, estorbandole, quería molestarlo tanto como él me molestaba a mí. Recuerdo que me preguntó por qué lo miraba tanto, y yo le dije enojada que él era el que me miraba. Entonces me lo confesó, me dijo que se iba. "¿A dónde?" No me quiso decir, pues lo estaba molestando mucho y temía que me burlara. Lo convencí. "Me voy a trabajar de guardabosques" ¡Hasta en eso perfecto! ¡Tan molesto!

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