Queridos compatriotas:
Rogando a los vientos y a las tempestades que sean amables y que ayuden a que esta misiva llegue a tan excelentes destinatarios, les escribo a ustedes con el corazón en la mano, con el recuerdo de la primavera parisina fresco en la memoria y con el sonido de vuestras voces aún grabado dentro de mi.
No hay Atlántico que sea tan ancho como para que no lleguen hasta mi los rumorEs de vuestros pasos agitados: los del barón rojo con aquel detalle característico de acabarse siempre primero el talón de los zapatos (me pregunto qué calzará ahora; conocemos bien la historia de un bahúl que se extravió por correo y llegó a una pequeña isla antillana) y escucho también esos otros pasos, más suaves y silenciosos, de nuestra estimada mademoiselle coyota rompiendo los últimos restos de hielo de las aceras parisinas.
Será el viento, o la lluvia, o será la nostalgia lo que hace que en estas tierras lejanas todo me recuerde a vosotras. Será que el ruido de los trenes al pasar está por siempre ligado a evocaciones de m. Coyota bajo su paraguas, y que en estas latitudes todo acento extranjero recuerda de inmediato a cierto fonema que hace tan particular el habla de b. R.
Recorro mentalmente las calles de nuestro parís mientras fumo un habano y pierdo la cuenta de las noches que paso aquí gracias al licor local. Miro la luna y la pregunta se me antoja inevitable. ¿será que los tres miramos el mismo astro por las noches?
Ante la imposibilidad de la respuesta, queda la contemplación e -insisto- el ruego a los vientos para que esta carta llegue a ustedes antes de que cambien los tiempos.
A punto de embarcarme rumbo a un puerto nuevo y extraño, me he decidido colar a su fiesta y escribirles esta carta. ¡llegue a ustedes con las primeras flores y con el recuerdo de todas esas mañanas en que desayunamos pan con mantequilla y sal!
Salve (y abur)
Cynara
(18 julio 1911)
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