Las Antillas, Junio 15, 1911
Mademoiselle Coyota,
No sabe cuanta alegría llego a mi corazón con su carta, viendo la inmensidad azul extendida ante mis ojos y con los recuerdos y sentimientos que ha usted provocado en mi, algunas lágrimas escaparon sin que hiciera nada por detenerlas.
¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando los dos sabemos que la primavera se acerca y con esta el momento de reencontrarnos por estas cálidas tierras? Estoy seguro de que recibirá usted el maravilloso bouquet de flores que le envío desde acá, son de su color preferido; mientras tanto contemple nuestro hermoso París, lleno de historias, historias que se dieron en capítulos interminables.
Respondiendo a su carta sé que en el fondo esta usted bastante contenta de sentirse así, de no haber vuelto, de estar siempre de ida aunque no supiera a dónde.
Hablando de mi llegada, sabia usted de antemano que no tenia el ánimo para salir de casa , pero estoy contento de poderle decir que junté el coraje y me aventuré a hacerlo, para dar un paseo con algunas amistades y como bien me dijo usted alguna noche, todas las dudas que albergaba desaparecieron al momento de vernos y estrecharnos las manos.
Algunos días siento que nunca debí de partir, que mi lugar estaba ahí, en el pont Neuf, en esas bancas frente a Raspail mirando las fachadas de los edificios y riendo de cualquier cosa que pasase por nuestras cabezas.
Supongo que al pasar el tiempo iré sintiendo menos y recordando más, pero que es, Oh queridísima Coyota, el recuerdo sino el idioma de los sentimientos?
Con la esperanza de escuchar de usted pronto.
Siempre suyo,
El Barón Rojo.
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