Las tres cosas raras en la sobria vida de Juan
Cosa Número Uno
Juan se miró en el espejo con los ojos de un gato asustado. No sintió alivio, sino pánico, al notar que su rostro era el de siempre.
-¡¿Cuál es la broma?!- le preguntó a su reflejo. Pero la verdadera pregunta era: “¿De quién?”
*
Juan se decía siempre: “Yo soy un tipo normal”. Era un estudiante de literatura clásica (normal), obsesionado con las ediciones únicas (muy normal), mexicano radicado en París (normal), y sin muchas amistades (“Normal, con el mundo como es, con esa mierda de gente que no sabe ni llegar a tiempo” decía, defensivo).
Y si llevaba quince días paseándose por París buscando una edición especial del libro de una escritorcilla prácticamente desconocida de los años setenta –que se rumoraba había pasado de mano en mano y había subido su precio de euro en euro durante la semana pasada- también era de lo más normal, a pesar de las ojeras y las ampollas.
Era el primer lunes del mes. Juan salió de su departamento a las ocho de la mañana para empezar su cruzada. Bajando hacia el treizième en el metro, empezó a notar algo fuera de lo común.
Primero, una niña junto a él lo miraba con los ojos muy abiertos. Estaba sentada en las piernas de su madre, quien también la miraba con los ojos muy abiertos. Juan probó una sonrisa y se le derritió en el rostro ante la invariabilidad de las expresiones de sus compañeras de asiento.
Se paró para bajarse en Place Monge y aunque no había casi nadie en el vagón, un señor se puso de pie y dobló el asiento replegable para dejarlo pasar. Juan se bajó sin querer mirarlo.
En la calle fue peor. Una ancianita se quitó los lentes para verlo mejor, y lo siguió con los ojos, incluso después de haberlo pasado
Un joven que leía apartó su libro con un sobresalto en cuanto lo distinguió por el rabillo del ojo. Los hombres de traje lo observaron con el entrecejo fruncido. Las señoras, con la boca abierta como si fueran a morder una manzana.
-Estos parisinos son de lo más raro- murmuró para sí metiéndose en la primera librería que encontró, pensando en preguntar por un baño disponible para mirarse en el espejo.
C.
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