domingo, 12 de agosto de 2012

Rastros


La pintura se derrama por las escaleras y pienso en cómo es posible que nunca nos hayamos conocido. Vivíamos en la misma casa pero algo (el horario el espacio la timidez) se negó a propiciar nuestro encuentro. Todavía me acuerdo del día en que llegaste. Noté tu presencia por las huellas verdes sobre mi colcha y en seguida preparé el cuarto de huéspedes. Hice comida para dos, fui a sacar una copia de mis llaves. Pronto, todo estuvo listo. Sin embargo, no te vi en la cena ni al anochecer.
La pintura se derrama por las escaleras con pereza y repaso las pocas ganas que tenía de levantarme a la mañana siguiente. Me reporté enferma y me dormí hasta tarde. Cuando al fin el hambre me hizo bajar a la cocina, encontré unas marcas color limón sobre el refrigerador. Brinqué de alegría, limpié la casa, pensé que sólo eras un poco tímido. Que ya vendrías.
La pintura se derrama por las escaleras lentamente. Parece una enredadera cubriendo mi piso de caoba. Nunca pensé que ese tono del verde podría hacerme sentir tantas emociones contradictorias. Las marcas que tú dejabas sólo me provocaban ganas de abrir las ventanas cuando había sol o de leer hasta tarde cuando ya era de noche. Me acostumbré a vivir con esos pequeños rastros de compañía a pesar de que nunca te presentaste o me saludaste o quisiste conocer a mis amigos.
La pintura se derrama por las escaleras como arrastrándose, al igual que se derramó mi café de su taza en la mañana en que me di cuenta de que no había nuevas marcas en el refrigerador ni en las paredes ni en ninguna parte. ¿No habrías venido a comer? ¿O sería que…? Te llamé por todos los nombres que se me ocurrieron hasta que me dolió la garganta y me quedé dormida sobre la mesa del comedor.
La pintura se derrama por las escaleras con indiferencia como se fue derramando mi tiempo sobre los meses que vinieron después. Renuncié al trabajo, y fue entonces cuando mi madre se decidió a intervenir. Estuvo en mi casa y se sentó conmigo. Tienes que salir, querida, tienes que moverte; y luego ya más enojada, nunca hubo nadie, te estás imaginando cosas, has estado sola tanto tiempo. Yo la arrastré hasta la puerta del refrigerador y le enseñé las manchas verdes: ahí están. Ella me miró casi con terror mientras preguntaba: ¿Qué cosa?
La pintura se derrama por las escaleras con la paciencia que yo no tuve cuando saqué a mi madre a empujones y le dije que por favor se fuera, que no la quería ver. Después estuve en mi cuarto aventando mis posesiones hasta que se me ocurrió una idea y tomé el carro para irme de compras. Con mis nuevos y pesados baldes Procolor Lima Fresca en el vestíbulo sentí algo parecido a la emoción subirme por la boca del estómago, y tuve que hacer una escala al baño para vomitar.
La pintura se derrama por las escaleras y yo miro exhausta mi casa cubierta de verde hasta el último rincón. Pienso en los cinco minutos anteriores en los que me dediqué a lanzar baldazos de color a cada mueble, a cada muro, a cada pedazo de suelo con mis botes de pintura recientemente comprados y miro satisfecha hacia arriba. Todo es color oruga o pasto joven o libro viejo y podría quedarme viéndolo para siempre, ensimismada. No notaría así aquel hueco en la esquina sobre la puerta donde el color sigue siendo desafiantemente blanco neciamente blanco, ni sentiría en las entrañas como una profecía hablándome desde dentro y diciéndome que ahora será para mí inevitable la realización de una maniobra arriesgada para cubrirlo, la cual me llevará a un tropiezo irreparable y a un velo sobre los ojos que no me permitirá nunca más contemplar el verde. 

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