La pintura se derrama por
las escaleras y pienso en cómo es posible que nunca nos hayamos conocido.
Vivíamos en la misma casa pero algo (el horario el espacio la timidez) se negó
a propiciar nuestro encuentro. Todavía me acuerdo del día en que llegaste. Noté
tu presencia por las huellas verdes sobre mi colcha y en seguida preparé el
cuarto de huéspedes. Hice comida para dos, fui a sacar una copia de mis llaves.
Pronto, todo estuvo listo. Sin embargo, no te vi en la cena ni al anochecer.
La pintura se derrama por
las escaleras con pereza y repaso las pocas ganas que tenía de levantarme a la
mañana siguiente. Me reporté enferma y me dormí hasta tarde. Cuando al fin el
hambre me hizo bajar a la cocina, encontré unas marcas color limón sobre el
refrigerador. Brinqué de alegría, limpié la casa, pensé que sólo eras un poco
tímido. Que ya vendrías.
La pintura se derrama por
las escaleras lentamente. Parece una enredadera cubriendo mi piso de caoba.
Nunca pensé que ese tono del verde podría hacerme sentir tantas emociones
contradictorias. Las marcas que tú dejabas sólo me provocaban ganas de abrir
las ventanas cuando había sol o de leer hasta tarde cuando ya era de noche. Me
acostumbré a vivir con esos pequeños rastros de compañía a pesar de que nunca
te presentaste o me saludaste o quisiste conocer a mis amigos.
La pintura se derrama por
las escaleras como arrastrándose, al igual que se derramó mi café de su taza en
la mañana en que me di cuenta de que no había nuevas marcas en el refrigerador
ni en las paredes ni en ninguna parte. ¿No habrías venido a comer? ¿O sería
que…? Te llamé por todos los nombres que se me ocurrieron hasta que me dolió la
garganta y me quedé dormida sobre la mesa del comedor.
La pintura se derrama por
las escaleras con indiferencia como se fue derramando mi tiempo sobre los meses
que vinieron después. Renuncié al trabajo, y fue entonces cuando mi madre se
decidió a intervenir. Estuvo en mi casa y se sentó conmigo. Tienes que salir,
querida, tienes que moverte; y luego ya más enojada, nunca hubo nadie, te estás
imaginando cosas, has estado sola tanto tiempo. Yo la arrastré hasta la puerta
del refrigerador y le enseñé las manchas verdes: ahí están. Ella me miró casi
con terror mientras preguntaba: ¿Qué cosa?
La pintura se derrama por
las escaleras con la paciencia que yo no tuve cuando saqué a mi madre a
empujones y le dije que por favor se fuera, que no la quería ver. Después
estuve en mi cuarto aventando mis posesiones hasta que se me ocurrió una idea y
tomé el carro para irme de compras. Con mis nuevos y pesados baldes Procolor
Lima Fresca en el vestíbulo sentí algo parecido a la emoción subirme por la
boca del estómago, y tuve que hacer una escala al baño para vomitar.
La pintura se derrama por
las escaleras y yo miro exhausta mi casa cubierta de verde hasta el último
rincón. Pienso en los cinco minutos anteriores en los que me dediqué a lanzar
baldazos de color a cada mueble, a cada muro, a cada pedazo de suelo con mis
botes de pintura recientemente comprados y miro satisfecha hacia arriba. Todo
es color oruga o pasto joven o libro viejo y podría quedarme viéndolo para
siempre, ensimismada. No notaría así aquel hueco en la esquina sobre la puerta
donde el color sigue siendo desafiantemente blanco neciamente blanco, ni sentiría
en las entrañas como una profecía hablándome desde dentro y diciéndome que
ahora será para mí inevitable la realización de una maniobra arriesgada para
cubrirlo, la cual me llevará a un tropiezo irreparable y a un velo sobre los
ojos que no me permitirá nunca más contemplar el verde.
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