Lo que pienso se difumina entre paisajes.
Los paisajes dejan de ver mi cuerpo.
Mi cuerpo se pega a la pared.
La pared es fría, me envuelve como papel aluminio.
La luna es plateada, me sonríe y juega en el jardín.
Mi jardín que ya no existe.
Que se quedó en los ojos de mi mamá, y mis hermanos. En las manos fuertes de mi papá. Y en las patas sucias de mi perro.
El perro labio que sí existe, y que sonríe con los ojos.
Que se hunden como Abismos compartidos.
Que comparten ausencias y susurros.
Y hablan en voz baja para que solo yo los escuche.
Porque son tiempo.
Lo reparten. Lo regalan.
Preparan galletas como si fueran medicinas.
Y me curan las rodillas con sus párpados de chocolate.
Y me besan.
Y me tiran sobre la cama.
A un abismo hondo como el cielo de la noche.
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