En el pueblo todos la criticaban, pero yo la admiraba en secreto y deseaba ser un poco como ella. Ella tenía 17 años y yo 13. Ella era muy hermosa, de cabello negro recogido en una cola de caballo alta, ojos oscuros y con un lunar junto a la boca. Todos los hombres se morían por ella y también algunas mujeres, aquellas que más mal hablaban de ella. A mi abuela sólo le daba el ataque cada vez que llegaba a la casa con un novio diferente cada día de la semana.
Los lunes era Jerónimo. Era alto y moreno, con unos ojos enormes y largas pestañas. Contaba historias y todo el tiempo sonreía.
Los martes era Alfonso. Se la llevaba a bailar salsa y le traía flores de todos los colores. A veces me traía regalos a mi también.
Los miércoles era Sebastián, el favorito de mi abuela. Sus padres eran ricos hacendados, por lo que tenía mucho dinero. Sus ojos eran verdes. Pero a ella no le gustaba tanto: "es muy presumido", decía.
Los jueves era Luis. Mulato de hombros anchos y voz grave. Tocaba la guitarra y la hacía reir.
Los viernes era Humberto, Beto para los amigos. Era su favorito. Le cantaba canciones y le escribía bellos poemas. Tocaba la guitarra también. Tenía una nariz prominente que al principio me causaba gracia, pero después admiración.
Los sábados era Federico. De ideas revolucionarias y espíritu libre. Tenía el cabello castaño rizado y mirada soñadora. Era mi favorito, y una tarde lluviosa de verano me besó bajo el árbol de aguacates, mientras ella iba por el café.
Los domingos descansaba y entonces salíamos las dos juntas al cine o nos leíamos o tocabamos el piano.
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