viernes, 30 de septiembre de 2011


La Máquina

Y todo había empezado porque éramos muy niños; y nuestra ciudad, demasiado pequeña.

Alguno de nosotros dejó transparentarse en palabras tranquilas sus sueños de grandes hazañas. Después, otro siguió el hilo… Se nos ocurrió construir una Máquina. No teníamos idea de cómo lograrlo. Burlándonos los unos de los otros, leyendo manuales, golpeando partes y pegando otras, logramos algo más o menos decente. Al menos, tenía un volante y cabíamos todos dentro.

Un día, sin decirle a nadie, nos fuimos a la carretera con lo que llevábamos en los bolsillos.

Como ya dije, éramos demasiado jóvenes: no teníamos idea de lo que nos esperaba. Fue difícil. El viaje más difícil de mi vida. Muchos se bajaron a la mitad del camino, volvieron a casa o a las vías solitarias.

Múltiples veces nos herimos a muerte. Recuerdo gritos, suaves amenazas, sombras lejos de la fogata mirando lo inmirable. Dormíamos poco (¿para qué dormir?), comíamos lo que se nos pusiera en el camino, estábamos siempre apretados, incómodos.

Pero nunca lo olvidaré. Había momentos en los cuales nos reíamos hasta que nos dolía el estómago y nos punzaba la cabeza, que lográbamos jugar los juegos de nuestra infancia sin ninguna mirada juzgona sobre nosotros. Bailamos sin saber bailar, cantamos sin saber cantar, platicamos hasta el amanecer sobre el techo de la Máquina. Todos llegamos a escuchar la verdad de algún otro en un susurro o en un silencio: hubo miradas, abrazos; algunos amoríos –y amores–, ciertas rupturas y simples separaciones.

Digan lo que digan, esta travesía es el único tatuaje de mi piel. No tener casa fue nuestro hogar, no tener padres fue nuestro amor familiar.

Y claro, al final volvimos. No se puede pasar la vida en los caminos. Nos construimos una morada fija, una comida equilibrada, un trabajo decente –o indecente–. El vínculo del viaje nos hizo vernos varias veces, tiempo después; pero, lentamente, nos fuimos separando.

¿Y la Máquina? Pasó de mano en mano, según quién la necesitara. La última fui yo.

Pasé muchas noches dentro de ella. Me gustaba y me dolía ver lo que habíamos escrito en su interior, pasar la mano por la historia que contaba cada mancha y cada tela rasgada. Sin embargo, terminé por convencerme a mí misma de que este vehículo ya no serviría más, de que era una chatarra inútil; y fui a abandonarla en un basurero. Pasaron los días, las semanas, y luego los meses.

De pronto me di cuenta de que estaba inquieta. Sentía algo extraño. Todo el tiempo me dolía el estómago, me mareaba, me perdía en mis pensamientos y éstos eran lúgubres.

Una noche, no pude dormir. Desesperada, decidí salir a pasear. A los pocos minutos tuve ganas de regresar –hacía frío– pero mis pies no me lo permitieron. Caminé trastabillando y temblando hasta la Máquina arrumbada en un pútrido rincón de la ciudad.

No fui la primera en llegar, tampoco la última. Cuando salté la valla del basurero, encontré las chispas de un par de pipas que me esperaban ya.

Fuimos llegando todos. Nadie habló. Nos sentamos cada uno al lado de otro. Salidos de quién sabe dónde, empezaron a pasar de mano en mano algunas cervezas y unos chocolates. Las notas de la guitarra, que fue cambiando de intérprete, y la voz ronca cantando no hicieron más que enmarcar el silencio.

Alguien pensó en prender en una fogata, y a su luz, cuando tuve el valor de levantar la mirada, pude ver todos nuestros ojos brillando y temblando como fuegos fatuos en la oscuridad. Supimos que tendríamos, para siempre, un lugar a donde volver.


***


Esto no es un cuento maravilloso, es la manifestación de un momento de amor. Sólo eso. Por otra parte, la ilustración que la acompaña es una verdadera obra de arte. Pertenece a mi amiguis, el autor de este precioso blog: http://todostienencosaslistasdenombre.tumblr.com/ , a quien le agradezco infinitamente por haber trabajado con mi texto.

martes, 20 de septiembre de 2011

F.

No me importa, no le voy a hablar. No se lo digas, no escribas. Deja ya esa letra. Suéltala, no le hables, no le digas que lo quieres, no le hagas caso. Lo que dice es mentira. Todos los hombres mienten (eso dicen) si, las mujeres que estudiamos somos fuertes (también dicen). Entonces no le hables, ni le digas, ni esperes su llamada, ni le digas que lo quieres. Es mas no le hagas caso, aunque no sea su culpa… échale la culpa una y otra vez. Porque da igual,es hombre, se lo merece y todos son iguales, aunque nos duela, y aunque no hayan hecho nada.. Porque eso nos dicen. Que solo son hombres, aunque me duela más el pecho… hasta adentro. Aunque lo quiera mucho, ellos siempre están mal. Y son más inmaduros, y ellos no nos quieren tanto, y para ellos todo es fácil. Porque solo son hombres. Ellos que saben. Aunque me duela tanto.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Aproximación a la regadera


Jugar a las batallas navales. A ser cantante de ópera. Estudiar para un examen en voz alta. Engancharse en el desarrollo de la telenovela de una vida que no es nunca la nuestra. Pedirle matrimonio a uno de nuestros amantes. Ensayar una entrevista de trabajo. Sentirse surrealista al coquetear con la inventiva de enjabonarse, sólo por una vez, de abajo hacia arriba.

En mi caso, recrear los días pasados en que la lluvia caía muy suave, teñida de colores.





Queridas Violeta, Adana, Coyota, Karenina, Barón Rojo, ¿qué hacen ustedes cuando están solas en la regadera?

martes, 13 de septiembre de 2011

Este México triste

Juan Bautista Villaseca
Fui a una conferencia en la que hablaron de Juan Bautista Villaseca. Se le murió una hija, tuvo una vida terrible y murió muy joven. Pero creo que sus poemas son un retrato crudo y sincero de la condición actual del país. Podré un escrito pequeño sobre él y algunos de sus poemas. La instrucción es: LEERLOS EN VOZ ALTA.

“Este autor, en palabras de Recillas es, posiblemente, uno de los mayores poetas mexicanos del siglo XX. Murió olvidado en 1969.
La historia literaria del país se construyó (y se sigue haciendo) bajo el esquema de los vencedores, que desde la época de la Conquista hasta nuestros días, sólo da voz y consagra a un solo lado de la historia: aquellos que tuvieron el poder y se promovieron, por sí y ante sí mismos, como los poseedores de la verdad y del poder consagratorio. Ha sido siempre una historia vertical, en la que los vencidos no tienen derecho siquiera a ser escuchados.
Juan Bautista Villaseca murió en 1969, en la ciudad de México, en medio de la más extrema pobreza (cuando dicho término no se acuñaba aún en la historia del país), sin dinero siquiera para el entierro (que fue pagado por una de sus amantes), y sin que ningún miembro de la comunidad literaria del país se enterara porque tampoco hubo dinero para pagar una esquela en algún periódico. Literalmente, no dejó nada detrás de sí que no fuera un montón de papeles manuscritos, unas pocas ediciones de autor de las que nadie en el medio literario se enteró jamás.”

Diurno de la voz inútil
Después de visitarme hasta la muerte,
me llamo y me contesto,
me detengo y me caigo,
llamo a mis manos y me falta un dedo,
quiebro los platos
vacíos de esperar en vano
una cuchara tibia de ternura,
golpeo las palabras para abrir las ventanas,
el molcajete hace de piedra el llanto,
y piso estos papeles que no sirven
porque quieren vivir,
y llamo al mundo secándome una lágrima
en todas las paredes.

...Y este poema suena
con la voz devastada de un teléfono antiguo
que llama inútilmente
en el alejamiento de una casa vacía.



Diurno de las tres de la tarde
Hoy la muerte me ha dado vacaciones.
Son las tres de la tarde,
y estoy vacío
como un durazno huérfano del hueso
o como la mujer deshabitada
que ha perdido en la hora
el reloj matutino de su hijo.

Estoy frente a estas hojas de nostalgia
como las lluvias abandonadas
a un barco gris de frío.
La muerte llega a Oxford.
Yo estoy de vacaciones.
Alguien vuela tres horas sobre mi cabeza.
Y hay en el día una noche
en que no crece ya la luz,
me salgo de mi piel,
han fusilado las ventanas,
y han profanado las cocinas
con átomos de trigo envenenado.

Son las tres de la tarde,
el aire me golpea y sueno hueco,
sueno a zapato estéril,
sueno a lluvia sin término,
a tendedero huérfano,
a perro agonizando sin nadie en la azotea.

Son las tres de la tarde de un año sin consuelo.
Yo no sé si estoy muerto,
o Dios está borracho.


http://circulodepoesia.com/nueva/2011/08/novedades-editoriales-juan-bautista-villaseca/

http://fanfict.mforos.com/887544/4513785-juan-bautista-villaseca/

martes, 6 de septiembre de 2011

Guadalajara

I

Aquí, la lluvia es un reloj enloquecido.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Príncipe

Le llamaban príncipe, yo no, me molestaba. Sin embargo, ese sobre nombre le quedaba mejor que cualquier otro. Era perfecto: el mejor dibujando, los mejores trabajos, la letra más hermosa que haya leído jamás (antigua, como los príncipes de antes, o de niña, decía él), sabía de todo. También sus manos eran perfectas, era alto, apuesto.

Todas las niñas de mi salón le rodeaban como moscas. Se peleaban por él. "El príncipe me quiere a mí como novia", "pues a mi me dio un beso ayer", "Príncipe, ¿a quién prefieres?" Prefería ignorarlo, no fuera a ser que se le subiera, de por sí ya era algo arrogante, no demasiado, orgulloso y altivo, como príncipe, vaya. ¡Era tan molesto!

En esos momentos le repudiaba, lo miraba y entonces veía que no era perfecto: su nariz demasiado recta, sus cejas demasiado espesas y sus ojos demasiado negros. Lo odiaba, un poco, por eso. ¿Por qué no les decía? ¿Por qué no se las quitaba de encima y les aclaraba que sólo me quería a mí? Porque no era así, y eso me rompía.

Pero estaban esos momentos en que era sólo para mí. Durante las explicaciones del maestro me dedicaba a observarle: sus manos grandes y perfectas, que hacían cosas tan perfectas, tan alto. A veces le descubría mirandome, pero eso significaba que el me descubría mirandole a él. ¿A caso lo sabía?

Ese día estaba especialmente enojada con él. Pero aún así no podía evitar mirarlo. Me descubrió dos veces, pero yo a él tres. En el descanso me quedé en el salón a terminar el trabajo y él se quedó también ¿Lo habrá hecho para estar solo conmigo? Me la pasé molestandolo, poniendo mis papeles sobre los suyos, estorbandole, quería molestarlo tanto como él me molestaba a mí. Recuerdo que me preguntó por qué lo miraba tanto, y yo le dije enojada que él era el que me miraba. Entonces me lo confesó, me dijo que se iba. "¿A dónde?" No me quiso decir, pues lo estaba molestando mucho y temía que me burlara. Lo convencí. "Me voy a trabajar de guardabosques" ¡Hasta en eso perfecto! ¡Tan molesto!