A veces me despierto, y en ese instante de transición entre el sueño y la vigilia, te necesito. Dura poco, normalmente unos segundos, y como máximo, unos cuantos minutos.
Es muy extraño. Soñando, uno olvida muchas cosas. Uno olvida lo que ha hecho. Yo olvido que te dejé, que mis razones eran buenas. Olvido que estaba harta. Que me ahogabas. Que yo te mataba. Sólo siento la añoranza de unos brazos y una piel, de unas palabras como suelo y unas caricias como viento. Escucho una risa, que estando despierta nunca puedo recordar exactamente. Veo escenas que reverdecen como los montes cuando empieza a llover.
Cuando te necesito es a veces medianoche y la inquietud me atrapa en mi cama, que parece girar conmigo. Otras, es mediodía y me estoy moviendo hacia algún lugar muy lejano a ti (me llevan carros, barcos, camiones y aviones, conocidos y desconocidos); entonces el paisaje por la ventana me tiende la mano. En esta ocasión, la última seguramente, fue el mar quien con su voz grave y profunda me murmuró al oído: “tranquila”.
Y al final, me fuerzo a mí misma a respirar hondo un dos tres, al fin y al cabo ya llevo un tiempo así y estoy infinitamente viva. Estoy viva. Acabo por sonreír como lo hacía de niña cuando me prometían algo grande, sólo que esta vez ese algo grande es el universo al alcance de mi caja de colores.
Mi respiración se acompasa. Mis pensamientos se llenan de humo, o de nubes. Las olas me arrastran a un sueño distinto…
Querida Karenina,
ResponderEliminarTe prestaria mi querido abanico para alejar el humo y las nubes, pero me temo que no sirve, hace ya varios meses que se rompio al mismo tiempo que yo misma cuando estaba en Paris.
Espero de cualquier manera que encuentres la manera de salir de ellos.
Con todo su cariño. B.R