lunes, 28 de febrero de 2011

Besos de regaliz
Besos que cantan, rien y muerden
Besos que rondan durante días
Besos que no son besos
Besos que apuñalan, mortifican y duelen
Besos perdidos, invocados, retenidos
Caricias que dibujan tu boca esquiva
roces anhelados... equívocos
Besos de nadie
flotando, tentándome
Besos que me llaman a gritos silenciosos
Besos que mueren y se apagan dejando hoyos negros
vehemencia atrapada
Besos que son yo, el o todos
Besos de alguien
escondidos entre mechones de pelo y sombreros de paja
Besos guardados y tirados al Sena hace dos días
mis besos...

B.R

sábado, 26 de febrero de 2011

Qu'as tu fait de ta jeunesse?

Dis, qu'as tu fait, toi que voilà, de ta jeunesse? (Paul Verlaine)

Moi? De ma jeunesse? Un jour on me posera la question.
Je penserai aux temps de trois pairs de chaussures sous la pluie, sous des parapluies différents comme nous mêmes.
Il y avait Paris, je dirai. Il y avait un gris hiver et des cafés partagés au bon matin.
Oui, ma jeunesse, je l'aurai laissée là, parce que l'exil, même si c'est temporel, meme si c'est volontaire, cela fait mal parfois.
Mais c'est beau. C'est pur. Et un jour je ne serai plus ici, dans un train à nulle part avec eux, avec nos rêves naïfs et notre futur incertain.
Les doutes nous devorent mais nous sommes jeunes, nous songeons à demain.
La musique est un fil qui nous réunit, bien qu'on n'écoute pas la même. Tard dans la nuit, parfois, la cheminée brûle. Il y a une voix qui chante et deux filles en silence. Il y a une jolie poupée; deux soldiers en plomb la regardent. Il y a un poéme qui flote et quatre yeux fermés.
C'était ansi. Le train arrive a la gare. Le temps coule. Je ne veux pas arriver à la mer.

C.

martes, 22 de febrero de 2011

Bolsas méxicanas parte 1

Me encantó la idea. Que Adana publique la parte dos de las bolsas, yo pondré la mía.

La Bolsa de Violeta

- Agenda 2011
- Cuaderno de la escuela
- Drácula de Bram Stoker (lo que estoy leyendo ahorita)
- Estuche de colores y estuche de lápices
- Sharpie negro
- Cartera sin dinero adentro
- Bálsamo para los labios
- Juego de escuadras
- Llaves
- Credencial de la escuela y transvales para camión y tren
- Sueter o chamarra
- Y hoy traía dos rotuladores morados, por un trabajo de la escuela

Sacs Parisiens

La Bolsa del Barón Rojo:

-Chile habanero
-Un reloj que no sirve, para llegar a tiempo
-Un estuche de plumas
-Monedas de México y de Londres
-Un amuleto chino
-Un espejo, regalo de un chico
-Un trozo de pan
-Un vestido sucio
-Anillos
-Libros de la escuela
-Una barra de regaliz
-Un perfume de chocolate
-Una libreta de dibujos
-Una foto muy valiosa
-Papelito de una galleta de la fortuna (Luck is coming your way)

La Bolsa de Coyota:

-El onceavo libro de "Una Serie de Catastróficas Desdichas", y una postal del Barón Rojo como separador
-Los libros de la escuela
-El mapa querido y valioso del joven come esclavos
-Una moleskine con notas y poemas
-Un cepillo de dientes, un peine, una curita, una aspirina, una gorra de baño, un cuchillo de plástico, tapones de oído y demás efectos personales
-Una bufanda
-Un paraguas
-Boletos del zoológico de Frankfurt y del castillo de Königstein
-Una copia del pasaporte
-Una agenda
-Dos fotos muy valiosas
-Una cámara de fotos sin baterías
-Unos tres mil pañuelos de papel usados
-Una propaganda de protesta contra la SNCF

La mochila del joven come esclavos:

-Una libreta de cuero que huele a caballo
-Una pluma fuente (llena de clase) y tinta
-Una moneda inglesa y otra hindú
-Calzones y calcetines
-Libros de la escuela
-Un cepillo de dientes (indispensable)
-Cuatro huevos (pedido del Barón Rojo)

¿Ustedes qué guardan en su bolsa?

martes, 15 de febrero de 2011

La lluvia de París

El sonido hipnotizante de las gotas estrellándose sin consuelo en el techo, empapando minuciosamente mis recuerdos... La respiración profunda a mi lado, durmiendo...
Recuerdos de mi ventana, tormentas y tardes en pijama, escapadas nocturnas, el roce de un beso romántico, vidrios empañados; Chocolate caliente y películas domingueras, el suéter rojo de lana de mi papa, sandwiches con manzana de mi mama, tacos de aguacate con ajonjolí y Valentina.
Calcetines de leñador, horas interminables, galletas recién horneadas y leche fría.
Lampara de colores, cuadros secándose, tubos de oleo...
Las aventuras del Calzón Negro, tapetes persas, noches sin luz y repletas de velas, el reflejo misterioso del espejo... Guasanas, tamales y atole de vainilla.
La siesta, su brazo en vez de almohada; Pantuflas usurpadas.
Patria y los jazmines.
Lancellot y los naranjos.
Paisajes africanos, el busto y el saracof.
La idea del cigarro, el ventanal, suelos de madera que crujen y susurran historias, lecturas interrumpidas... Strangers in the night, arboles destrozados, cables caídos.
Tierra mojada, huellas de lodo corrompiendo el suelo blanco de la cocina, el foco roto que nadie cambia, hipopótamos rosas que bailan ballet, crema para los pies... Sofá para dos, donde nos sentamos cinco.
Gardenias humedas esperandome... Granito helado y brillante, sillas altas, Gaston y Daniela, El frutero lleno de cebollas, el tren que se oye a lo lejos, pay de queso... Rizos dorados, agua de lima, chalecos encogidos en la secadora, el tendedero, Rios majestuosos en Loma ancha, barquitos de papel, pies descalzos, puerta oxidada...
La lluvia de Paris.

B.R

lunes, 7 de febrero de 2011

Cuento por entregas

Las tres cosas raras en la sobria vida de Juan

Cosa Número Uno

Juan se miró en el espejo con los ojos de un gato asustado. No sintió alivio, sino pánico, al notar que su rostro era el de siempre.
-¡¿Cuál es la broma?!- le preguntó a su reflejo. Pero la verdadera pregunta era: “¿De quién?”

*

Juan se decía siempre: “Yo soy un tipo normal”. Era un estudiante de literatura clásica (normal), obsesionado con las ediciones únicas (muy normal), mexicano radicado en París (normal), y sin muchas amistades (“Normal, con el mundo como es, con esa mierda de gente que no sabe ni llegar a tiempo” decía, defensivo).
Y si llevaba quince días paseándose por París buscando una edición especial del libro de una escritorcilla prácticamente desconocida de los años setenta –que se rumoraba había pasado de mano en mano y había subido su precio de euro en euro durante la semana pasada- también era de lo más normal, a pesar de las ojeras y las ampollas.
Era el primer lunes del mes. Juan salió de su departamento a las ocho de la mañana para empezar su cruzada. Bajando hacia el treizième en el metro, empezó a notar algo fuera de lo común.
Primero, una niña junto a él lo miraba con los ojos muy abiertos. Estaba sentada en las piernas de su madre, quien también la miraba con los ojos muy abiertos. Juan probó una sonrisa y se le derritió en el rostro ante la invariabilidad de las expresiones de sus compañeras de asiento.
Se paró para bajarse en Place Monge y aunque no había casi nadie en el vagón, un señor se puso de pie y dobló el asiento replegable para dejarlo pasar. Juan se bajó sin querer mirarlo.
En la calle fue peor. Una ancianita se quitó los lentes para verlo mejor, y lo siguió con los ojos, incluso después de haberlo pasado
Un joven que leía apartó su libro con un sobresalto en cuanto lo distinguió por el rabillo del ojo. Los hombres de traje lo observaron con el entrecejo fruncido. Las señoras, con la boca abierta como si fueran a morder una manzana.
-Estos parisinos son de lo más raro- murmuró para sí metiéndose en la primera librería que encontró, pensando en preguntar por un baño disponible para mirarse en el espejo.


C.