jueves, 14 de marzo de 2013

Fortuito


Primero fue una palabra. Luego dos o tres. Poco a poco, el hablar del hombre fue volviéndose diáfano y ella empezó a seguir sus frases.

El hombre –que se llamaba Saša, perdone la descortesía, usted cómo se llama– había estado tres meses en Marruecos atorado por la guerra. Descubrió en sus vagabundeos que allá eran las serpientes las que encantaban a los encantadores de serpientes para que pensaran que encantaban serpientes. Paseó junto a elefantes y sobre ellos, y aprendió que hablaban un idioma parecido al bengalí en donde existían quince géneros pero sólo tres verbos: moverse, estarse quieto, y meditar. Salió de los suburbios una noche en que no podía dormir, y al doblar en una esquina se encontró cara a cara con el desierto. Las dunas lo absorbieron durante tres días y sus noches. Finalmente, fue guiado por una parvada de palomas saharianas al oasis donde, doce horas más tarde, lo encontró una caravana de camellos. El guía aceptó desviarse de su misión –transportar la biblioteca completa de Abu Hamid Muhammad al-Ghazali de Agadir a Batma– para llevarlo a Ghat, donde se enteró del fin de la guerra y decidió volver a casa en el primer barco de la tarde.

El hombre –que se había sentado junto a ella en el café en la esquina de la calle Corrientes y 9 de Julio, sin pedir permiso ni preguntar nada– descubrió cuando el barco ya estaba demasiado lejos de la costa que uno de los libros de la caravana se había colado misteriosamente en su maleta. Se quedó despierto hasta la madrugada mirándolo, y cuando apenas había logrado deducir con su hebreo rudimentario que el libro trataba sobre el arte de la comedia, sintió cómo un terrible temblor sacudía toda la embarcación y corrió a cubierta. En el momento exacto en que salió, se derrumbaba  uno de los mástiles principales, que lo golpeó y lo catapultó fuera del barco. Quedó atrapado entre dos maderos flotantes y tuvo que contemplar, sin poder hacer nada, cómo se hundía la embarcación con todos sus compañeros dentro.

El hombre –que, a ella le había parecido al principio, hablaba una lengua muy extraña, y ahora comprendía perfectamente– nunca supo cuál fue la causa del naufragio. Tampoco supo cómo, cuando se abandonó a su suerte entre aquellos maderos, el mar o alguna deidad de las tantas que conoció en sus trayectos lo llevó hasta la costa de una tierra salvaje. Ahí encontró un joven aventurero belga, un rabino, un gato parlante y un imam a quienes acompañó en su camino al sur con la esperanza de toparse con algún barco que pudiera llevarlo a casa.

El hombre –a quien ella escuchaba lanzar las palabras con prisa como si tuviera la necesidad de arrojarlas pronto lejos de sí– se había arrepentido de  sus intenciones justo antes de tomar el barco que lo llevaría hacia el norte (¿quién lo esperaba en casa, de todas formas?). Se metió de polizón en un buque que buscaba traficar esclavos negros del sur de África hasta Cuba. Esta vez, el viaje transcurrió sin muchas cosas dignas de mencionarse (excepto porque una vez en tierra había, obviamente, liberado a todos los esclavos, levantado en armas un pequeño pueblo y sembrado en él la semilla imborrable de la revolución). Desde ahí había sido fácil, bordeando la costa, llegar hasta Argentina. Y ahora se encontraba con ella en un pequeño café de la calle Corrientes.

El hombre –cuyas palabras ella, de pronto, entendía menos y menos– le explicó que esperaba llegar hasta la Tierra de Fuego. Tal vez una carreta lo llevaría a través de la pampa, ¿conocía ella algún gaucho que se dispusiera a emprender el viaje?

Para cuando se despidieron emotivamente, ella ya no podía comprender lo que él decía. El hombre le dejó un abrazo más largo de lo normal y dinero para los dos cafés, y salió del establecimiento.

Ella se quedó unos minutos, mirando a los meseros y a los demás clientes. Más tarde, en camino a la parada del autobús, cambió de idea y decidió mejor ir a pie. Para los inviernos a los que estaba acostumbrada, no hacía casi frío, y además quería ver las cosas un poco. Siempre caminaba por Corrientes sin observar nada. Tal vez también sería buena idea ocupar más su tiempo. Tomar clases de inglés. Leer un libro de navegación. Preguntar en el puerto. Dejar el trabajo para armar un plan cuidadoso, embarcarse y buscar al pueblo liberado, al aventurero belga, al rabino, al gato, al imam, a la caravana, a las serpientes.

O no. Quién sabe.