Tengo en la boca un gusto a guayabas y otro sabor extraño
que no logro precisar.
Me robaron tu muerte. Supe de ella como si fuera un pariente
lejano, entre frases evasivas y sonrisas de madera mal pulida. Éstas son cosas
punzantes, lo sé, pero en ellas defiendo tal vez no la verdad sino al menos la
honestidad, los ojos contra los ojos siempre aunque las miradas se nos claven
en el cuerpo.
Saber de tu muerte no me basta para matarte. Sólo logro
empujarte al limbo aquel de Michel Tournier y su Robinson, el limbo de las
cosas que uno cree perdidas y que no está realmente fuera de la existencia sino
en sus bordes. Y es que de esta manera uno sólo puede creer y no más, no
saber, no asir ni tampoco asumir.
Merodearás en esa ambigüedad dando brincos de regreso a la
existencia cada vez que te escuche, que me mueva por mis espacios como si
todavía los ocuparas. No te podré matar definitivamente sino que tendré que
resignarme a empujarte a tu sitio con insistencia y manos temblorosas.
Pelearemos esta pelea de los que se quisieron hasta que el tiempo vaya
deslavando las cosas con su lluvia lenta y se lleve todo: las costumbres, los
sueños y el sabor a guayabas.