Tenía a la Duda guardada en un frasco, en la repisa más alta de la estantería, lejos de mi alcance, ahí donde no la podía ver, tan alta que a aveces olvidaba que ahí se encontraba.
La había atrapado hace unos años, cuando la descubrí caminando a mi lado, siempre fumando un habano fuerte.
Era alta y flaca, se paseaba con parsimonia, echándome de vez en cuando el humo de su cigarro en la cara, impidiéndome ver con claridad lo que pasaba a mí alrededor.
Al principio bastaba con agitar la mano para disolver la nube proyectada, pero al pasar los días, las semanas y los meses, ni aún abanicándome lograba dispersar esa niebla. Se había aposentado, miraba todo a través de un velo escuro.
Pasó el tiempo y la Duda no me dejaba sola, ni dejaba tampoco esos molestos cigarros con los que enturbiaba mis sentidos. Cierto domingo D. me mostró cómo meter humo en una botella, exhalaba las bocanadas de humareda de su pipa y con paciencia lo metía todo dentro del frasco de vidrio. Justo ahí tuve la gran idea : me desharía de todo el humo que me rodeaba encerrándolo en una garrafa.
Así, estando sola en la casa, comencé a absorber y expulsar el humo dentro de la botella, pero inhalé con tanto ahínco que hasta a la Duda me llevé; fue así como la encerré. Tapé bien el corcho, y subiéndome a una silla la abandoné en la alacena.
Desde entonces anduve tranquila, de vez en cuando me abanicaba para ahuyentar el recuerdo.
Ayer de alguna manera el frasco se rompió y creí ver a la Duda por la esquina del cuarto, sacando su encendedor... sin prisas... Haciendo patente que tiene todo el tiempo del mundo, sin importarle que la hubiera ignorado.