lunes, 20 de febrero de 2012
Instrucciones para ser poeta.
Si no tiene el hábito de fumar, este es el momento idóneo para comenzar con el vicio. Corra como desesperado a la tienda mas próxima para comprarse la cajetilla mas barata, (no hay que olvidar que los poetas andan siempre cortos de dinero). Salga de la tienda y con manos temblorosas encienda el primer cigarrillo del día; Aspire el humo como si su vida dependiera de ello, exhale y vuelva a repetir el paso anterior.
Habiendo cumplido estos pasos puede usted comenzar a escribir todas las tonterias que le pasen por la cabeza sobre temas como: La vida, el odio, el amor y cosas por el estilo. En este momento es muy importante pensar en todas esas personas hacia las que siente rencor, ó por el contrario, pensar en el ser amado.
Tiene usted ahora su primer poema, no hace falta mas que repetir desde el principio todos los pasos por un periodo más largo de seis meses para poder autodenominarse “poeta”.
martes, 14 de febrero de 2012
Teoría Cromática
En realidad es muy simple. Mi teoría es que todos los seres humanos requerimos un poco de gris. El gris es feo si es excesivo, siempre, pero no hay quien no necesite usarlo al menos un poco. Por ejemplo, los pintores utilizan trazas de gris para darle fuerza y contraste a sus cuadros. La gente compra pantalones grises porque combinan con todo. Hay otros, incluso, que escriben gris y lo publican, o que cantan gris y se hacen famosos.
Por desgracia, yo no tengo talentos. Tuve que sacar mi gris de otra parte.
Me empiezo a poner nerviosa. Voy a hacerme un café. Hace unos dos meses que no me preparo uno, y la olla sigue sucia. Tal vez pueda deshacerme de mi ansiedad tallando. Pongo jabón, paso la esponja, ¿dónde está? Ya es tarde. Quedó de pasar a mi casa a las cinco y ya son las cinco quince. Aviento la olla. A la mierda con el café.
Me siento en el sillón y empiezo a morderme las manos. Me estoy volviendo loca. ¿Cómo no, si llevo todo el día sin consumir nada? Dijo cinco. Cinco cinco cinco. A lo mejor me haga bien bañarme. Me paro y me vuelvo a sentar. Claro que no. Golpeo el suelo con el pie varias veces, y entonces suena el timbre.
Mientras corro a abrir la puerta, pienso en la manera en que han cambiado las cosas. Quito el seguro. Un hombre entra. Antes, yo lo deseaba, ahora ya no me importa. Lo único que quiero es lo que trae. Le arranco la bolsita de las manos sin dirigirle siquiera la palabra y comienzo a preparar la mezcla. Me urge una dosis de tristeza.
Lo conocí hace un año, pero podrían haber sido diez. Él era exactamente igual que ahora. Pelo rapado, ropa descuidada, actitud indiferente: chico malo estereotípico. Platicamos en una reunión a la que me invitó el amigo de una amiga y me gustó. Le coqueteé descaradamente, pensando que le interesaba. Ahora sé que no. Sé que nadie te interesa cuando estás así.
Unos días más tarde lo vi en casa de un compañero del trabajo. Había poca gente y él decidió presentarnos su sustancia. Es buenísima, nos dijo, lo mejor que he probado. Deliciosa. Te tumba en un segundo, ya no te acuerdas de nada. Se llama tristeza.
Pasó el cigarro que preparó y le di una fumada. Con eso tuve: lloré en el sillón toda la noche. Qué maravilla. Desperté fresca, tranquila, sintiéndome como la digna sobreviviente de una tragedia. Me dio su teléfono y unos pocos días más tarde lo llamé para pedirle más.
Con los meses me di cuenta de que él no tenía amigos, ni los quería, estaba solo. Sin embargo, su sustancia sólo funcionaba bien en compañía: por eso iba a las fiestas, las reuniones, las comidas. Buscaba a alguien para compañero de drogas: yo llené perfectamente el puesto. Iba a mi casa y yo a la suya, y fumábamos en la sala, en silencio. Ninguno perturbaba el llanto del otro. Pronto dejé el trabajo y la compañía.
Mis antiguos amigos me advirtieron varias veces sobre el daño que este producto y este hombre me estaban haciendo; los ignoré. Por supuesto que lo sabía. Eso era toda su gracia. Creo que sólo él y yo podíamos entender lo que la tristeza significaba. Era el ansia de ordenar nuestra vida: nos hacía sentir que teníamos un papel en el mundo. Para que algunos fueran felices, nosotros debíamos sufrir. Éramos héroes.
Termino la mezcla y recuerdo la transición. Un día, dejamos de sentir que fumar nos hacía efecto y decidimos inhalar. Y finalmente, se me ocurrió. Directo a la sangre, funcionaría mejor así. Con manos temblorosas: liga, inyección. Inmediatamente siento cómo me tranquilizo. Un calor me recorre el cuerpo. Me acuesto sobre la alfombra sin decir nada y él me arranca la jeringa. Lo oigo caer junto a mí. Solloza. Me doy cuenta de que yo también tengo la cara húmeda y de que mi cuerpo se contrae. Su presencia ahí es parte del efecto: sola no podría llorar. Él tampoco. Dependemos el uno del otro.
Pasan varias horas, o al menos eso parece. Pienso en el gris. Un poco de gris en todas las vidas. Sonrío, y miro a mi alrededor. Y es entonces cuando me alarmo. Trato de moverme. Trato otra vez. Quiero gritar, pero no funciona. Todo comienza a verse borroso. Sé que él está demasiado dormido como para darse cuenta de lo que me sucede. No podrá hacer nada, y de todas maneras, ya es muy tarde.
Lo único que sale de mí es una risa sin sonido, irónica. Por supuesto. Cómo pude no darme cuenta. A mi alrededor, la mesa es gris, el sillón es gris, la alfombra es gris, mi compañero está vestido de gris y su pelo es gris; hasta mis manos son grises. Mi vida es un cuadro mal equilibrado. Aparentemente, pienso mirando el bol con la mezcla de tristeza, se me pasó la mano con el gris.